Retóricas de la pandemia

OPINION

Plut columna

Múltiples significantes se reúnen en una trama. Algunos permanecen más o menos constantes, otros sufren variaciones, otros tantos se adicionan y un número de ellos pueden quedar sustraídos. Los sentidos que se van tejiendo también son diversos, se superponen unos con otros y tampoco son estables.

Pandemia, cuarentena, contagio, virus, economía, salud, aislamiento, guerra, importados, autóctonos, enemigo, sospechoso, cuidar y cuidarse, fiebre, barbijo, aburrimiento, son un puñado de palabras que van cobrando diversas formas sintácticas, van configurando sintagmas con mayor o menos adherencia en cada quien.

La fragilidad de un sentido hegemónico se hace ver en su posible transitoriedad, lo que hoy es valioso, mañana puede no serlo; la oración que ayer sentía me representaba, hoy podría percibirla ajena.

Determinadas narrativas pueden ostentar cierta jerarquización semántica, aunque no sea sencillo delimitar de modo nítido los sectores sociales específicos donde cobran valor. Y no solo, como ya fue señalado, porque la cronología no preserva la fijeza de la significación, sino porque en paralelo se lucen los antagonismos, con matices e intensidades.

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En esta hora no es menor la importancia de una vigorosa y sustentable cohesión social, protectora ante lo impredecible y organizadora frente a la vivencia de caos. Y no debe sorprendernos que, cuando se entroniza una cierta representación colectiva, se despabilen temores sobre posibles manipulaciones emocionales que podrían anidar allí. Claro que quienes denuncian tales maniobras no están exentos de ejercerlas en el mismo instante.

Una frase o quizá un conjunto de ellas a veces logran alcanzar esa potencia unificadora. Se dirá que para distinguirla de una operación, como se suele llamar, vale la calidad de su argumentación, de su coherencia, de sus nexos con algún consenso sobre los hechos. Y agreguemos, también la riqueza expresiva que posea aquella frase.

Por ejemplo, con llamativa frecuencia se repite que “la cuarentena frena la curva de contagio”. He ahí una explicación que, a su vez, hace de justificación para que sobrellevemos la carga del aislamiento. A diario la escuchamos, curiosamente, como si no hubiera sido dicha ya cientos de veces. Entonces surge una duda, ¿cumple su función explicativa? Por experiencias que nada tienen que ver con la pandemia sabemos que la ecolalia no es sinónimo de aprendizaje ni de entendimiento.

En varias ocasiones, y pese a su convicción con las medidas de protección sanitaria, Alberto Fernández, saludablemente, señaló que “los resultados no están garantizados”. Hay allí una advertencia, una invitación a admitir la inevitable incertidumbre. Difícil saber la medida y el modo en que cada quien asumió la imprevisibilidad del desenlace y, sobre todo, si allí puede hacer pie la cohesión. También procuró despejar una alternativa identificatoria cuando, muy razonablemente, nos recordó que no somos “víctimas”. Aunque sabemos que la opinión pública no es un dato insigne, que no suele ser mucho más que lo que algunos detentores de la palabra inoculan, es posible observar que hay tantísimos que no están dispuestos, ni ahora ni antes, a ceder esa posición. “Salud y-o-vs.-economía”, por caso, devino en la contemporánea versión de Escila y Caribdis, tan monstruosa como la presenta la mitología, y entonces ya perdió su valor referencial para ocupar solo minutos de un raiting escandaloso.

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No hay, pues, chances de una narrativa de absoluta homogeneidad y duración y, presumiblemente, es mejor que así sea. Las vivencias singulares de millones de sujetos, cada quien con sus tradiciones y la inmediatez de sus propias realidades, tornan inverosímil imaginar un discurso que recubra toda esa inaprensible heterogeneidad. Más aun, un mismo sujeto tampoco es en sí mismo una unidad, y hoy, tal vez, esté más alerta a su economía o su salud, mientras que ayer lo inquietaba más la vivencia de irracionalidad. O bien estará el que hoy siente temor por el desamor de aquellos a los que no puede ver y mañana quizá se angustie percibiendo un futuro restringido para todo proyecto. Otro, por qué no, se siente amenazado por las posibles conspiraciones aunque, luego, su mente se ocupa férreamente de la limpieza o, quien sabe, advierte en el espejo su imagen desmejorada.

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Esta confesión de insuficiencia que debe admitir todo discurso que aspire a ser representativo, no impide, sin embargo, apreciar qué sintagma posee los atributos que antes enumeramos (calidad argumentativa, coherencia, consistencia con los hechos y riqueza expresiva). La elección de la frase, qué duda cabe, será discutible y también, reiteramos, aun acordando en que se trate de una expresión potente, nada garantiza su perdurabilidad.

Ya transformada en eslogan, incluso en hashtag y hasta en combustible para memes, mi hipótesis es que la frase que actualmente opera de soporte para la cohesión social es “Quedate en casa”.

En primer lugar, el nivel de acatamiento es sumamente alto. Hasta el momento es menor el número de transgresiones, y ya sea por aceptación u obligación la mayoría de la población se aviene a permanecer en sus hogares. Allí tenemos los hechos entonces.

A su vez, desde el punto de vista retórico posee una riqueza tal que permite condensar argumentos y estrategias diversos. En efecto, cuando un sujeto dice “quedate en casa”, puede estar formulando, por ejemplo, un pedido empático, esto es, una instrucción ligada al afecto, a cuidarse y a cuidar al otro. Por otro lado, también funge como consejo, es decir, como referencia que orienta y hace de acompañante ante una situación adversa e incierta, tal como podría ser una brújula. Asimismo, y en sintonía con esto último, tiene el carácter de una advertencia, como quien anuncia los riesgos potenciales, por ejemplo, enfermarse. Resulta evidente la coherencia que anuda a las tres funciones mencionadas hasta aquí. Finalmente, la frase analizada expresa otro sentido, el de una orden, si se quiere, una prohibición que impone una conducta y, eventualmente, la sanción consiguiente en caso de transgresión. Esta última dimensión no tiene una continuidad llana con las tres restantes, aunque sí le hace de complemento y no se instala como contradictoria con ellas.

Si bien todo ello forma un conjunto, es posible que este último sentido sea el dominante, el que resulta más determinante. En todo caso, es el que pareciera más difícil de desoír, pero esto es solo una intuición de la cual no estoy del todo convencido.

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El Estado, en su función de garante, se vale del sistema legal que, a su vez, da cabida a múltiples prácticas políticas, económicas, sanitarias, etc. Claro que el ordenamiento normativo no consiste solamente un instrumento que guía las prohibiciones (y castigos) sino también las protecciones sociales. De hecho, ¿qué esperanza puede caber si un Estado solo utiliza la ley para sancionar y debe responder a quienes están excluidos de la protección legal? Se crearía allí una perturbadora situación paradojal.

Entonces, recapitulemos. Ni los resultados están garantizados ni las medidas adoptadas son suficientes. Hay baches, hay fisuras, también errores y, por lo tanto, innumerables hechos en que resalta con urgencia lo irresuelto. Sin embargo, hay un Estado activo y una sociedad con un conjunto de vivencias comunes y percepciones afines.

“Quedate en casa”, entonces, es un sintagma en cuya condensación encuentra cabida la mayor variedad posible de experiencias cotidianas de la población, aun con necesidades y angustias, con enojos y confusión. Dicha condensación, a su vez, expresa logradamente el punto donde se reúnen las dos manos del Estado, la que ordena y prohíbe y la que cuida. Después de todo, la pandemia nos recuerda que la salud también tiene dos lados, pues pese a tratarse mayormente de un asunto privado, individual, no deja de ser un mundo de interés público.

 

(*) Doctor en Psicología. Psicoanalista. Director de la Diplomatura en el Algoritmo David Liberman (UAI). Profesor Titular de la Maestría en Problemas y patologías del desvalimiento (UCES).

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