Los que se enferman al cuidar(se)

POR SEBASTIÁN PLUT

 

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La paradoja que presenta el título es un símil del nombre que Freud dio a uno de sus célebres artículos: “Los que fracasan al triunfar”. En su caso, explicó que en ciertos sujetos, sentimiento de culpa mediante, la obtención de un logro anhelado puede conducir a que, inadvertidamente, el mismo sujeto lo arruine.

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Circulan informes que advierten sobre la epidemia de trastornos psicológicos que traerá la cuarentena y no podemos menos que preguntarnos por la validez de tales pronósticos, sobre los criterios en que se fundan quienes anuncian tamaña catástrofe.

Lo primero que uno tiene en cuenta, entonces, es que la cuarentena es una política sanitaria y, por lo tanto, una medida de preservación de sí y de los otros, y de allí el título, al cual podríamos transformar en un interrogante: ¿puede uno enfermarse al cuidarse?

Es preciso considerar algunas reflexiones antes de poder dar respuesta a dicha pregunta.

Hace unos pocos días, en una conferencia sobre el impacto de los dispositivos tecnológicos en la atención clínica, sostuve dos premisas de inicio: por un lado, que no es fácil discernir el impacto del uso de dispositivos remotos del impacto que pueden producir la pandemia y la cuarentena. Por otro lado, planteé que pese a la mencionada dificultad para distinguir los impactos, sí hay una diferencia: tanto la cuarentena como la atención por vía tecnológica se localizan en el terreno de las soluciones, mientras que la pandemia se ubica en el marco de los problemas.

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Entender esta distinción, en apariencia simple, tiene cuanto menos un triple rendimiento: a) en primer lugar, supone no desconocer los nexos causales (hay atención a distancia porque hay una cuarentena, la cual a su vez es consecuencia de la pandemia); b) en segundo lugar, y al conservar los nexos causales, podremos sostener o recuperar la vivencia de temporalidad; c) por último, nos permite sustraernos del pensamiento ingenuo y falso que aspira a un vivir en que las soluciones no entrañen dificultades.

Dado todo ello, entonces, la pregunta retorna: ¿es posible que las medidas de cuidado y de resolución afecten nuestra salud mental?

Si nos ponemos rigurosos, sobre este interrogante o sobre el pronóstico comentado al inicio, lo que debemos hacer, antes que nada, es objetar ese modo de preguntar o anticipar, pues contienen tantos supuestos e incertidumbres que no permiten salir, a unos del desconcierto y a otros de la angustia. Más aun, casi que podríamos responder si no son tales anuncios los que favorecen un incremento del padecimiento.

De paso, no olvidemos que todos los organismos públicos específicos dan asistencia psicológica tanto a los afectados directamente por el virus como a los trabajadores que están en contacto inmediato con el riesgo.

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Esto último, a su vez, implica considerar las diferencias, ya que no todos estamos en la misma posición, no hay una homogeneidad en la población como para suponer que la incidencia será equivalente en todos. La heterogeneidad depende de la distancia concreta que cada quien tiene con el riesgo, de sus recursos económicos y de sus recursos anímicos.

También resulta pertinente, aunque sea brevemente, señalar que el campo de la llamada psicopatología no es precisamente un universo de consensos absolutos. Por ejemplo, si nos referimos a la depresión (que es uno de los cuadros clínicos que presagian los calculistas), no encontramos necesariamente una coincidencia en cómo la definen las diferentes corrientes teóricas (la psiquiatría, la psicología cognitiva, el psicoanálisis, etc.) e, incluso, al interior de cada una de ellas también hallaremos discordancias. El debate, debe saberse, puede ir aun más allá, al punto de que dos profesionales de una misma escuela teórica quizá no acuerden en el diagnóstico que dan a un mismo paciente.

Ya se advierte, entonces, que el panorama clínico no exhibe una armonía de juicios muy sólida, todo lo cual se agrega -a la hora de valorar el pronóstico sobre una epidemia de trastornos mentales- a la ya mencionada heterogeneidad propia de una población.

Otro aspecto frágil de las hipótesis proféticas es la dificultad para formular predicciones. Freud, por ejemplo, sostuvo que ese tipo de juicios solo pueden hacerse cuando el analista conoce detalladamente el tipo de compulsión a la repetición de un paciente, cuando ya sabe con qué piedras tropezó una y otra vez y, por lo tanto, es predecible en qué condiciones probablemente vuelva a tropezar. Eso nos llevaría a un desarrollo, que por extenso no cabe aquí, que nos permita diferenciar los estados predisponentes de un sujeto de los factores precipitantes o, dicho de otro modo, es un trabajo complejo comprender el entramado de razones etiológicas.

Sí cabe agregar que no solo en el campo de la salud mental sino en el más amplio de la salud, los profesionales no tenemos responsabilidad de fines sino de medios, por lo cual hasta tenemos prohibido prometer un buen desenlace de nuestra práctica. Y entonces, ¿si no podemos garantizar salud, por qué sí podríamos garantizar que nos enfermaremos?

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No debe deducirse de lo expuesto que desconozco los diversos niveles de sufrimiento que cada quien puede tener en esta hora, aunque sí debemos entender que sufrimiento y psicopatología no son sinónimos. En todo caso, diremos que cada quien sufre las circunstancias según su psicopatología; es decir, el sufrimiento resulta inescindible de la vida y se particulariza en la subjetividad de cada uno. Vale esta observación para indicar, además, que los seres humanos ya vivimos y transitamos en la psicopatología y no es preciso la pandemia para que ella aparezca.

Dado que el sufrimiento es inherente a la vida humana, y nos amenaza desde diversas fuentes, tenemos dos opciones genéricas para afrontarlo: o bien tomamos contacto con él y realizamos acciones acordes, o bien procedemos a desconocerlo, a negarlo, para lo cual podemos recurrir a diversos medios.

Quienes vaticinan una marea de patologías mentales parecen omitir que tales patologías ya forman parte de nuestra vida cotidiana; y quienes súbitamente toman conciencia del sufrimiento, quizá hayan descubierto que los subterfugios que solían utilizar para evadirlo, finalmente, se muestran insuficientes. Quizá por ello mismo, la conciencia de la necesidad de cuidarse se les superpone con la angustia por enfermarse.

Ni antes ni ahora a todas las personas nos pasa lo mismo, y ni antes ni ahora a cada persona le sucede todo el tiempo lo mismo. E insisto, soy consciente del sufrimiento y, más aun, diría que este tiempo nos exige realizar ciertos duelos, en algunos casos muy dolorosos y, en muchos más, un proceso más fácil de transitar.

En suma, los vaticinios sobre epidemias psicopatológicas no constituyen hipótesis demostrables, parecen desconocer que la psicopatología es nuestro modo de vivir, aplanan las diferencias en cuanto a los recursos de cada quien frente al sufrimiento y, a su vez, operan bajo la antinomia ilusión-apocalipsis.

Ch. Dejours, en cambio, sostuvo que hay salud mental cuando se permite la esperanza y, por mi parte, agrego que la esperanza no consiste en pensar que todo va a estar bien (lo cual es una banalidad inconsistente), sino en pensar qué esfuerzos tenemos que hacer para darle cabida a nuestros sufrimientos.

 

(*) Doctor en Psicología. Psicoanalista. Director de la Diplomatura en el Algoritmo David Liberman (UAI). Miembro Fundador del Grupo Psicoanalítico David Maldavsky. Profesor Titular de la Maestría en Problemas y Patologías del Desvalimiento (UCES).

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Un comentario

  1. Me resulta sumamente ilustrativo. Un texto que plantea hipótesis, preguntas antes que conclusiones o respuestas. Rico como disparador en grupos de estudio o equipos interdisciplinarios.

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