Freud y la opinión pública

OPINIÓN – Por Sebastián Plut (*)

Si alguien desea adentrarse en un pantano, o bien en una zona nebulosa, lo invito a ingresar en ese territorio que la comunicación llama opinión pública. No tardará demasiado en advertir que el concepto y sus contornos son imprecisos. Las certidumbres no se acrecientan mucho si el propósito es delimitar su origen, sus mecanismos de factura, los cálculos que la miden, los procedimientos de instalación y expansión, o bien si pretendemos registrar en aquélla un termómetro social. En efecto, aun cuando recurramos a la metáfora orgánica, el cuerpo social no tiene una sola temperatura.

Acordemos en algo: en determinados momentos ciertos sintagmas comienzan a reproducirse aquí y allá, y para no alimentar la confusión, dejemos de lado el huevo y la gallina, es decir, decidir si los medios repiten y amplifican la voz ciudadana o esta última corea la voz de los medios.

Hay aun otro debate, aquel que señala que la opinión pública es el terreno en que se libran las batallas por el sentido común. Sin embargo, ¿es, efectivamente, la opinión pública un territorio en que un sentido se bate contra otro?

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Ciertas gestas suponen ideas y acciones que se contraponen a otras ideas y acciones, una lidia en que los códigos son comunes y, por lo tanto, los mensajes son descifrables. Esto es, el desacuerdo se da, por así decir, en un mismo idioma. Sin embargo, la hipótesis que deseo someter al juicio de los lectores es que el debate en la opinión pública no es, stricto sensu, un debate de ideas; sencillamente porque lo esencial de la polémica en la opinión pública no es una diferencia de contenidos sino de las lógicas inherentes al pensar. Se dan allí discusiones en dos lenguas diferentes y con una doble desventaja para quienes intentamos refutar al neoliberalismo: por un lado, no siempre advertimos que el código ajeno es diverso; por otro lado, y más grave aún, es posible que ni siquiera hayamos comprendido, por el momento, en qué consiste aquel código.

La comunicación política, tal como la entendemos, choca impotente contra el sentido común, precisamente porque mientras esperamos que de dos argumentos ganará el mejor, la brecha se da en otro nivel, a saber, el de las lógicas con que opera la mente. Para decirlo en otros términos, mientras el neoliberalismo impone un sentido común, nuestros esfuerzos se dirigen a comunicar sentido y, entre ambos propósitos, hay una irreductibilidad radical.

Freud dixit

A partir de dos proposiciones específicas de Freud justificamos nuestra hipótesis, a saber, que más allá de dónde ubiquemos la usina generadora de frases ecolálicas (y no hay motivo para elegir una sola), lo esencial de la opinión pública no está en su origen y tampoco en el contenido que expresa, sino en la lógica de pensamiento que le es inherente. Asimismo, luego se entenderá fácilmente el corolario que se deriva de ello: proyectar en la opinión pública una discusión de ideas que no son tales da razón de la ruptura de las condiciones del diálogo y del debate político.

Las dos hipótesis de Freud son:

a) la opinión pública está en oposición a los fenómenos de masa.

Los fenómenos en que se da la co-presencia física, la frecuencia y la reunión de múltiples singularidades y tradiciones se distinguen de los fenómenos caracterizados por la ausencia física, el puro presente y la homologación del pensamiento. Es decir, la opinión pública corresponde al tipo de agrupamiento del sujeto individualista en que se jerarquiza el vínculo abstracto, distante, de quienes permanecen solo como público y que, agreguemos, pretenden desconocer que son influidos. Si, como suele decirse, la reunión en masa licencia para el desarrollo de actos que quedan inhibidos para el sujeto aislado, la opinión pública habilita a manifestar y defender afirmaciones carentes de coherencia y cuya veracidad no tiene fundamentos concretos. A su vez, la opinión pública es un vehículo privilegiado para expandir la hostilidad, no tanto por el supuesto anonimato (por ejemplo, en las redes sociales) sino porque la misma distancia física pide intensidad para compensar la ausencia del otro.

b) en la opinión pública el pensamiento opera por vía de la regresión.

Pese a que lo dicho (opinado) puede tener algún valor, importan sobre todo los criterios que rigen el pensar: en primer lugar, la opinión pública se centra en una actualidad permanente (lo que hoy se dice con fuerte intensidad, pasado mañana podrá carecer de toda importancia), lo cual conduce a una hiperestimulación de la percepción a costa de la memoria. Asimismo, la percusión reiterada sobre el sistema perceptual lleva a un agotamiento de la función de atención, es decir, de la conciencia que suele acompañar a la percepción. Freud, de hecho, sostuvo que los fenómenos de hipnosis corresponden a estados de percepción sin conciencia.

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Elija al azar

Dejemos de lado, nuevamente, el origen de las frases, si fueron “creadas” en un laboratorio o producidas espontáneamente en un focus group y más tarde replicadas ad infinitum. Luego, elijamos al azar, una frase sobre Macri (por ejemplo, “Macri es millonario, no necesita robar”), sobre el Kirchnerismo (“se robaron todo”), o sobre la pandemia (“a mi Alberto no me va a decir lo que tengo que hacer”). En todas ellas, o cualquier otra que escojamos, se detectan de modo palmario los signos de la mencionada regresión del pensamiento:

* Quedan suprimidos y/o alterados los nexos causales;

* Las frases se pretenden válidas por sí mismas y no por la coherencia entre enunciados y hechos;

* Se crean generalizaciones estigmatizantes;

* Se destaca la extrema simplificación;

* Se sostienen afirmaciones por fuera de todo contexto social y consideración histórica;

* Queda anulada toda dimensión interrogativa.

La lucha por las causas

No me referiré a la lucha por las causas justas. Más bien aquí nos ocupa otro problema grave, la retórica que sofoca la exigencia de un pensamiento que atienda a los nexos causales. Si se les pregunta a los votantes del Macrismo qué medida tomada por aquel gobierno les pareció valiosa no pueden mencionar ninguna. Asimismo, si el interrogante se dirige a las causas de lo que sucedía (el deterioro económico, por ejemplo) lo más frecuente es escuchar “porque el Kirchnerismo…”. La coincidencia con el modo de argumentar del propio Macri (“pasaron cosas”, “hubo una tormenta”, etc.) no es azarosa ni puede reducirse simplemente a una cuestión de ignorancia. Al contrario, resulta un elemento determinante de la política neoliberal sustentarse en la mentada regresión del pensamiento que, según señalamos, se destaca por la indiferencia con la realidad y el trastocamiento de los nexos causales.

En el contexto de la pandemia la supresión de los nexos causales está en la base del rechazo a la cuarentena, lo cual tiene una doble derivación. En primer lugar, en tanto se habla de las restricciones con prescindencia de su razón, es decir, la pandemia. Ello conduce a adjetivaciones de todo tipo pero dislocadas de la realidad determinante, con lo cual queda perturbada la vivencia de temporalidad y la reflexión sobre la dimensión histórica de los hechos.

En segundo lugar, la sofocación de la cronología causal no solo afecta la comprensión de los encadenamientos que condujeron hacia el presente y, por ende, la obtención de una mayor claridad sobre la actualidad, sino que por eso mismo se produce un severo daño respecto del pensamiento preventivo. Como dijimos previamente, la percepción sin memoria fija a los sujetos en un puro presente y ello también anula toda anticipación e interrogación sobre el porvenir.

El término incertidumbre, que tanto ha sido valorizado por referentes neoliberales, ha sido trastocado en el uso mismo que han hecho de él. En efecto, no es lo mismo interrogarse y pensar sobre lo que podría suceder que entender la incertidumbre como la anulación de todo pensamiento sobre lo que puede ocurrir.

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Liberación o dependencia

La destructividad neoliberal se consuma por distintas vías, una de las cuales es la apropiación y fagocitación de lo ajeno. Un ejemplo clásico se desarrolló en el ámbito del trabajo, cuando luego de los reclamos por la salud mental de los trabajadores, impulsados sobre todo a partir de la década del ’50 del siglo pasado, comenzaron a desarrollar estrategias de todo tipo para capturar la subjetividad de aquéllos. Así surgieron los programas de motivación cuyo único propósito consiste en un precario disfraz de la explotación del máximo rendimiento posible.

Veremos también la usurpación del lema “liberación o dependencia”, es decir, el modo en que el neoliberalismo ha trastocado los términos para inducir, bajo vocablos similares pero con una semántica totalmente diferente, la convicción sobre determinados valores.

La independencia en el neoliberalismo no es un concepto referido a la soberanía política o a la economía, sino que entraña otro sentido que se imprime profundamente en la subjetividad de sus votantes. Aquel concepto, que tiene un lazo estrecho con las categorías de libertad, individualismo y egoísmo, no solo procura socavar las condiciones de solidaridad, sino que avanza con el fin de invisibilizar toda dependencia, toda filiación, no solo entre enunciados y argumentos, sino también la relativa a las determinaciones históricas, por ejemplo.

Tenemos, entonces, un doble proceso que se da en simultáneo y presenta una de las tantas contradicciones entrampantes del neoliberalismo. Por un lado, exalta la independencia hasta grados extremos, cuyo sentido es, esencialmente, la prescindencia de todo lazo social; por ejemplo, cuando se habla del emprendedurismo, cuya meta es, sobre todo, que el Estado abandone su política de protección social. Por otro lado, en su trasfondo, el objetivo central es el ocultamiento de las dependencias, lo cual conduce, por ejemplo, a que el grupo de votantes pueda vociferar por su libertad o su independencia cuanto más quedan afectados y arruinados por las dependencias creadas por los gobiernos neoliberales.

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Se pretende así, en el plano social e intersubjetivo, algo similar a lo que procuran en el plano argumental cuando establecen que la percepción de un hecho sea en un todo ajena, independiente, de sus reales factores causales. Insisto, la sociedad neoliberal se configura como un compuesto de elementos dispersos sin nexos de enlace, ni entre los componentes del razonamiento, ni los relativos a los entramados vinculares.

En las ocasiones en que los votantes neoliberales participan de una manifestación, que mayormente reúne a un puñado de personas, suelen declarar, como si fuera un dato positivo, que están allí de manera “independiente”, que no hay una “organización” detrás, etc. Esa presunción solo es creíble en la medida en que desconozcamos las vías de inducción, escotomización que esos mismos sujetos alimentan y de la cual se nutren. No muy lejos de ello, probablemente, se localice la ya tradicional mano invisible del mercado.

Pensemos, por ejemplo, en la valoración que en ciertos sectores adquirió en años recientes la figura del periodista independiente. Más allá de las posibles ocasiones que revelen la hipocresía de ese rol, prefiero destacar que aquella figura también nos muestra la hegemonía de un modelo cultural que califica como buena la ausencia de dependencias o filiaciones. Dicho de otro modo, toda dependencia manifiesta será sospechada de infecciosa, fanática o corrupta. La figura del periodista independiente es una falacia, pero no únicamente por las conjeturas sobre la posible compra de opiniones, sino porque pretende desconocer las referencias identificatorias que, sin dudas, tiene cualquier sujeto, en este caso, un comunicador social. No es sino un engaño creer que su opinión carece de raíces, de afiliaciones de distinto tipo que lo acercan o alejan en determinadas direcciones.

Comentario final

Aunque detectamos procesos y estrategias que trascienden la pandemia, la urgencia de los problemas nos exige ceñirnos a ella. Si bien la cuarentena impone una medida importante de aislamiento social, al mismo tiempo se sostiene anímica y vincularmente en el cuidado recíproco, en la consideración solidaria del prójimo. Quiero decir que una de las razones que tienen los llamados libertarios para desestimar con ira el sentido de la cuarentena es que ella demanda salir de la indiferencia, estado fallido en el que aspira vivir el individualista.

En suma, la opinión púbica pone de manifiesto que los antagonismos del individualismo son diversos: lo colectivo, las identificaciones comunitarias, la dependencia de las tradiciones y de la especie e, incluso, las dependencias argumentativas. Es decir, la opinión pública reacciona con furia frente a determinaciones que son insoslayables, pese a lo cual jamás renuncia a los esfuerzos por desconocerlas.

(*) Doctor en Psicología. Psicoanalista. Autor del libro Pandemia, retórica neoliberal y opinión pública (Ed. Ricardo Vergara).

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