Hacer morir

OPINION

Por Sebastián Plut (*)

Son conocidas las hipótesis de Freud que localizan la irreductible hostilidad en el origen y fundamento de la civilización. De allí sigue un vasto número de consecuencias sobre la ética y los ideales que no consienten la frágil candidez de las almas bellas.

Nuestras indagaciones en esta materia, el análisis de diversas experiencias políticas, de la retórica que lidera cada sector ideológico, así como el estudio de esa masa verbal que reúne al periodismo con la ciudadanía y que da paso a la imprecisa opinión pública, nos llevaron hacia una conclusión genérica que podemos expresar con una fórmula: si el trabajo político supone la denegación de una violencia subyacente, los procesos económicos batallan contra la amenaza de los estados agónicos siempre acechantes.

Sin embargo, el examen histórico revela que tras la insuficiente categoría de ideología, los diversos proyectos políticos surgen como expresión de variables empujes pulsionales, de modo que la política también podrá encender la violencia (en lugar de sofocarla) y exacerbar las agonías singulares y colectivas en lugar de conjurarlas.

Tal es lo que cada vez más comprendemos es la raíz y meta del neoliberalismo, con su política del egoísmo, con su economía sin cualidad, y todo ello bajo el principio rector de hacer morir.

Acción, pensamiento y afecto se conjugan de manera compleja en la gramática política, en una red de significaciones que tensionan entre la justicia social y la injusticia, entre la argumentación y la banalidad, o entre la solidaridad y la indiferencia. El orador, pues, envía su palabra en múltiples direcciones simultáneamente, con particular habilidad para reunir, quizá en una sola frase, destinatarios heterogéneos. No obstante, en cualquier caso procura hacer hacer, hacer creer y hacer sentir. La experiencia neoliberal introduce, entonces, una cuarta estrategia que, ya dijimos, consiste en hacer morir.

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Hace pocos días Mauricio Macri les dijo a los jóvenes del PRO: “Les agradezco que estén, que estén comprometidos, que estén con convicción, con entusiasmo, transmitiendo, contagiando».

Con cierta ingenuidad, creo, algunos entendieron que Macri aludió a contagiar entusiasmo, pero no es eso lo que dijo. En efecto, no hay similitud entre contagiar entusiasmo y contagiar con entusiasmo. E importa poco, a los fines prácticos, los grados de conciencia, intencionalidad o inadvertencia con que eligió sus términos. Estas diferencias no modifican su sentido trágico, tanático. Alberto Fernández comentó hace un tiempo que en una comunicación telefónica el expresidente le habría dicho “que se mueran los que se tengan que morir”. Aunque Macri desmintió esa expresión, resulta palmaria la convergencia semántica y pragmática con invitar a sus militantes a que salgan a contagiar. Figurarnos que el agente neoliberal ostenta una identificación con el virus, cual parásito que hiere y se aprovecha del organismo ajeno, quizá no sea únicamente un argumento para una posible novela de ciencia ficción.

Dado que la memoria hace al destino, agreguemos nombres como Chocobar, Rafael Nahuel, Santiago Maldonado, Carolina Píparo, el periodista que con fruición, cuando muere un presunto delincuente dice “uno menos”, el aprovechamiento indigno de la muerte de Nisman, los ocultamientos en torno del hundimiento del submarino ARA San Juan, el jubilado que se suicidó en el Anses durante el gobierno de Macri, el persistente ataque a la actual política sanitaria, la manifestante que dijo “prefiero morirme antes que hacerle caso a Alberto”, o aquel otro que, tiempo antes, gritó “prefiero cagarme de hambre antes que votar a Cristina”, la vez en que Carrió anunció que habría que sacarlos “muertos de Olivos”, la periodista que sostuvo que solo si hubiera decenas de miles de muertos por la pandemia encontraría sentido a las medidas de prevención, la convicción con que Horacio Larreta y Soledad Acuña insisten en el inicio de clases presenciales, y podríamos seguir. Este breve puñado de referencias, que incluye asesinos, asesinados, muertos, abandonados, negligentes, violentos, exhibe el goce mortífero que lejos está de ser un azar, más bien constituye el ADN del neoliberalismo. En rigor, no hay tanta novedad en todo esto, al menos si recordamos los tiempos del “Viva el cáncer” de mediados del siglo pasado.

Hacer morir, entonces, puede cobrar diversas formas y expresiones, desde matar hasta dejar morir, desde desvitalizar al otro hasta despabilar sus profundas disposiciones sacrificiales o, incluso, y más literalmente, hacer morir al otro enviándolo a contagiar con entusiasmo, cual desquiciado soldado que se lanza con desenfreno al frente de batalla.

Las buenas formas neoliberales, el uso de palabras fáciles y argumentos pueriles, no esconden ya su vampirismo. Cuando el conde Drácula recibe a Jonathan Harker, también se muestra amigable y le dice: “¡Entre con libertad y por su propia voluntad!” Y ya sabemos lo que le espera. La equivalencia con la ominosa convocatoria a iniciar las clases presenciales no se hace esperar.

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Como en la novela de Bram Stoker, en el neoliberalismo nada hay de libertad, al menos en el sentido de la justicia, y la voluntad solo apenas podrá llamarse así, pues se consuma a través del propósito de reducir a cero la resistencia y los deseos del otro.

La batalla cultural es desigual y no solo porque los que hacen morir poseen los recursos económicos, comunicacionales y judiciales sino, sobre todo, porque ellos batallan contra la cultura y no por ella.

Si Freud viviera, reescribiría aquel texto en el que examinó la actitud humana frente a la muerte, en la cual pesquisó nuestra tendencia a pensar como contingencia el desenlace inevitable. Debería incluir, pues, a aquellos para quienes la muerte es su modo de vivir y de triunfar; aquellos para quienes el universo de Eros, la pulsión de vida, la ternura, la creación de unidades cada vez mayores, la renuncia al goce irrestricto, está en oposición a su horizonte y sus inclinaciones. 

Y para concluir. Alucinaron los más siniestros componentes en la vacuna Sputnik V, aunque en paralelo les pareció abominable que se proyectara una demora en la segunda dosis. La falacia lógica no los inhibe en sus invectivas pues gozan de ella, se nutren de desquiciar el pensamiento. Y sobre todo, porque cualquier imprecación sirve a sus fines: oponerse a la vida.

(*) Doctor en Psicología. Psicoanalista. Director de la Diplomatura en el Algoritmo David Liberman (UAI).

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