Lenguajes cuidados

OPINIÓN

El verbo cuidar ha roto relaciones con la derecha. Aunque no es imputable al verbo esa distancia sino, más bien, es la derecha quien ha cancelado todo vínculo con los cuidados. En rigor, no hay mucha novedad en ello. Es, de hecho, la marca de su historia; su genealogía es la del daño. En todo caso, solo cuidan las finanzas de sus familias, lo que no siquiera asegura que cuiden bien a sus lazos de sangre. También es dudoso que pueda hablarse de cuidado cuando el único propósito es el incremento ad infinitum de una cifra, una inflación sin límite que exhibe una voracidad que no tiene ecología alguna.

Si bien tampoco califica como novedad, desde hace tiempo los voceros de la derecha pierden cada vez más los velos, son cada vez más desembozados en sus palabras y sus actos. Sus posiciones durante la pandemia han sido una muestra palmaria de la ausencia de todo pudor y, obviamente, de todo cuidado.

Desde los intentos de abolir a un sector político hasta los extravíos crueles en relación con las Malvinas, desde la comparación de CFK con Hitler hasta sus rosarios negacionistas, no dejan ningún trazo histórico y comunitario sin herir. Y en estos días, tuvimos que escuchar las fantasías sexuales de un diputado que imagina orgías en la residencia presidencial y, así, ofende la dignidad de no le importa quién.

Si pedirles algún fundamento, razón o prueba de lo que gritan ya hace tiempo devino en una esperanza sin futuro, preguntarles si son capaces de advertir el daño social y singular que provocan corre el mismo destino.

Violencia e irracionalidad signan su política. Resulta agotador ser testigos, a diario, de sus empeños por decir y hacer cualquier cosa con tal de destruir. Y cual si fuera una forma de justificar o dar razón de los dichos del diputado Iglesias, de inmediato circularon frases en las redes que pretendían entender lo que quiso decir. Tal fue el caso de la frase “Yo no pude velar a mi padre, y Florencia fue a la Quinta de Olivos”. La oración citada no requiere más de dos segundos para comprender que no dice nada. En nada amortigua las injurias de Iglesias y sus socios, y en nada señala como un desacierto la reunión de la que pudo haber participado la actriz. La restricción para un velorio, que sin duda agregó dolor a lo que vivimos, tenía un motivo sanitario, ¿pero acaso alguien de verdad piensa que durante ese tiempo no hubo reuniones entre funcionarios y numerosos actores sociales?

Pero para la derecha todo agravio es posible, toda ofensa es un camino frondoso. Cuanto mayor sea la crueldad y la carencia de lógica que puedan contener sus palabras, más goce tendrán al hablar. Tal como lo ilustró la genial humorada de Adriana Figueredo, pueden decir “Se robaron un fiscal, mataron un PBI”.

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La policía del lenguaje

Entre los macristas que fugen de intelectual, Pablo Avelluto dijo presente y, sin demora, salió a denunciar a la “policía del lenguaje”. La infinidad de repudios que recibieron las expresiones misóginas de Iglesias (y de Wolff), para Avelluto no fueron más que los intentos de una arbitraria censura por parte de una presunta policía del lenguaje.

Ni Lewis Carroll se animó a tantas contradicciones lógicas. Resulta asombroso que los amantes de Chocobar recurran negativamente a la figura policial. Los herederos ideológicos de cuanto golpe de Estado hubo, sería cómico si no fuera tan dañino, dicen de sí mismos que son víctimas de una policía. Ellos, que proscribieron toda referencia al peronismo. Ellos, que repudian a Alberto Fernández hasta cuando dice “buenos días”, o que fueron policías censores hasta de los silencios de CFK, intentan mostrar que sofocar la violencia es un acto despótico.

Llamar policía del lenguaje a quienes cuidan del lenguaje es una más de las formas viles de proteger su privatizada libertad de expresión, eufemismo que desconoce y atenta contra la democratización de la palabra y el derecho a la información. En efecto, democratizar la palabra no ha de ser, meramente, que cada quien pueda decir cualquier cosa, sino que cada uno se avenga a pronunciarse, siempre, con un sentido democrático.

Un día linchan en los medios y en las redes a quien desea hablar con lenguaje inclusivo, pero media hora después les parece mal repudiar la violencia misógina de un diputado.

El lenguaje debe ser cuidado, porque todos y cada uno de nosotros somos lenguaje. Nuestros cuerpos, nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y nuestros actos quedan atravesados por el lenguaje y por eso, resultan inadmisibles las palabras que dañan nuestros organismos, perturban nuestros pensamientos o manipulan nuestras emociones y conductas. No se trata de una policía del lenguaje, sino de ética, de una ética de la solidaridad y de la ternura, porque cuando el lenguaje es violento deja de ser lenguaje.

En este contexto, y siempre, muchos optamos por un lenguaje cuidado, con ideas y argumentos, con cuestionamientos sin violencia, con pasión sin perjuicio. Ellos, en cambio, solo saben de otro camino, en el que, reitero, se exhiben cada vez con menos vergüenza.

No admiten restricción alguna y así odiaron la cuarentena, así abominan de cualquier impuesto solidario y así, también, quieren tener el poder de violentar verbal y físicamente cuando se les ocurra. Es el camino de los déspotas que llaman autoritarismo a cada avance de derechos que restrinjan sus privilegios.

En suma, así como con los precios de los alimentos, los lenguajes cuidados también son una necesidad, y nunca olvidamos que donde hay una necesidad, hay un derecho.

(*) Doctor en Psicología. Psicoanalista. Director de la Diplomatura en el Algoritmo David Liberman. Miembro Fundador del Grupo Psicoanalítico David Maldavsky. Coordinador del Grupo de Investigación en Psicoanálisis y Política (AEAPG).

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