Los Pildain. Una historia de ilusiones, fracasos, locura y tragedia

LIBRO

  • Esta historia, escrita por Hugo Silveira, sigue conmoviendo a los rojenses luego de más de 70 años, e incluso derivó en un dicho popularmente conocido por todos: «Más loco que los Pildain»

“Historiar un hecho, historiar un drama donde todo es un complejo, no resulta fácil. Tratándose de anormales, donde se ha carecido de testigos, todo debe basarse en simples conjeturas, que llegan a tener un viso de seriedad por un sinnúmero de circunstancias: inspección policial, reconocimiento de los cadáveres, peritaje de armas, etc., pero con todo puede llegarse, empero, a una conclusión: forma en que se produjeron los hechos”

Así comienza un trabajo periodístico elaborado en Pergamino, que menciono al final de esta reseña.

Por eso, me aboqué a investigar esta historia que hoy ofrezco a todos los que deseen conocerla, como un anticipo de otras que ya nutren los borradores de nuevas publicaciones.

La provincia de Guipúzcoa integra el Euskal Herría, o País Vasco. Se ubica en una zona muy montañosa y sus costas son bañadas por el Mar Cantábrico.

En la campiña guipuzcoana, ocupada por granjeros y pequeños agricultores, nacieron los protagonistas de esta historia.

En 1861, hijo de Joaquín Pildain y de Francisca Narvaiza, nace Aniceto Pildain Narvaiza. El 20 de marzo de 1868, hija de Antonio Aguirrezábal y de Josefa Aguirre, nace Benita Aguirrezábal Aguirre.

Pertenecientes a familias de la vecindad, forman su hogar en 1894 e inician una vida de trabajo honesto, que se vio alegrada con el nacimiento de tres hijos, Ángel (1895), Luis (6 de agosto de 1900) y Justo (1905). La sumatoria de esfuerzos y de buena suerte, hace que logren una sólida posición económica.

Sin embargo, los conflictos en Europa, reflejados en lo que se conoce como Primera guerra mundial (1914-1918), los impulsaron a dejar su terruño natal y, con sus ahorros, emprendieron viaje para “hacerse la América”, como se decía por entonces.

Se embarcaron en la primera clase de un vapor, arribando al puerto de Buenos Aires en noviembre de 1918. Traían consigo un giro de 20.000 pesetas, que les serviría de base en la “tierra prometida”.

Ilusionados con dedicarse a la agricultura, se dirigen hacia Pergamino, donde los esperaban sus primos Isidro y Gregorio Esteban Irizar. Tras un emotivo encuentro y de acuerdo a lo convenido previamente, antes de iniciar el viaje, sus primos les dieron la posibilidad de trabajar como “mensuales” en un campo de su propiedad, ubicado en el cuartel 28º de ese Distrito, en la zona del paraje Manantiales.

Con entusiasmo inician allí una “nueva vida”, y no sólo trabajaban en el campo de los Irizar, sino que los muchachos también tuvieron tiempo para hacer algunas changas en chacras vecinas. Luis incluso trabajó durante un tiempo en la carnicería de la familia Ubillos, ubicada en las inmediaciones.

En una nota aparecida años más tarde en el diario “La Opinión” de Pergamino, Gregorio Irizar señaló que “Aniceto era un hombre laborioso, doña Benita toda bondad. Los chicos, muy trabajadores, pero Justo, el más chico, era rebelde, reacio y discutía con frecuencia con el padre”.

Las cosas les van bien. El esfuerzo va dando sus frutos y, aspirando a una mejor situación, logran el 1º de abril de 1932, arrendar una chacra en el Partido de Rojas, en la zona de la Colonia “La Caldera”.

Instalados en el lugar pusieron mucho empeño en llevar adelante su nuevo emprendimiento. Sin embargo, las cosas no anduvieron bien. Sus aspiraciones se vieron demoradas. Según testimonios de antiguos pobladores, era una familia de costumbres “raras”. Prácticamente no se vinculaban con sus vecinos y mucho menos aceptaban consejos o sugerencias sobre temas relacionados con la producción o su comercialización. “Eran muy retraídos, casi no tenían roce social”, me señalaron.

Aún asi, en un archivo del periódico “Chispa”, he encontrado la participación de Luis Pildain en la denominada Comisión de Defensa de Intereses Generales, conformada para hacer frente a los desalojos de chacareros. Precisamente en junio de 1933, integró la delegación del Partido de Rojas que se entrevistó en Buenos Aires con el Ministro de Agricultura, para gestionar a favor de los arrendatarios.

La primera desazón. Su nuevo domicilio

Lamentablemente no logran administrar bien su economía y pierden casi todo. Con sus escasos recursos adquieren a la Sociedad Mercantil Boggia, Bussalleu y Compañía, una quinta de 1 hectárea, 6 áreas y 92 centiáreas, ubicada frente al horno de ladrillos de la familia Barzaghi, sobre la actual ruta provincial 45, a 100 metros al oeste de la actual calle Holmberg, identificada catastralmente como Circunscripción III, Sección A, Chacra 59, Fracción I, Parcela 15.

Se dedican entonces con todo ahínco a armar una empresa familiar de autosubsistencia. Lograron tener una buena huerta, donde cultivaban maíz, verduras y hortalizas. Implantaron un monte frutal y contaron también con un caballo, un par de vacas, cerdos y aves de corral. Trabajaban con herramientas manuales (palas, azadas, rastrillos, horquillas,….) El caballo les servía para traccionar un charré con el que se llegaban a Rojas, cuando iban a comercializar huevos y algunas verduras sobrantes de su propio consumo y aprovechaban para hacer pequeñas compras.

De trato muy hostil con sus vecinos, jamás se relacionaron amigablemente con alguno de ellos. La zona estaba muy poblada por quinteros y era costumbre saludarse a diario. Ellos jamás contestaban a un saludo.

Dos de mis informantes recordaban una situación que en su momento contó el vecino Marcelino Cordone, quien relataba que a poco de llegar los Pildain a la quinta, él pasó por la calle y, como era habitual saludó al nuevo vecino con un “buen día”, a lo que don Aniceto respondió secamente con un “buen día será para usted” y jamás volvió a dirigirle la palabra.

Según versiones, ellos trasladaban los frutos destinados a la venta, en grandes canastos de mimbre. En una oportunidad al entregar en Rojas sus productos, el comprador advirtió que en el fondo del canasto había un revólver. Al ser consultado, don Aniceto respondió tajantemente: “siempre hay uno a nuestro alcance”.

Y sí, todos coinciden en que era común que, ante una situación que no les agradara, efectuaran uno o más disparos al aire.

Integrantes de la familia Cantenys, vecinos de la calle Muñoz, recuerdan haber visto en algunas ocasiones a “los Pildain” venir caminando desde la actual ruta 45, por esa arteria. Uno de ellos, Jorge Amadeo Cantenys, me dijo: “como nosotros vivíamos en esa calle, los veíamos pasar; los mirábamos con recelo; adelante iba el padre, luego la madre y siempre, uno detrás del otro, los tres hermanos. Hacían compras en la despensa “La Gloria” de Rufino González, ubicada en la esquina norte de Gral. Paz y Muñoz, justo haciendo cruz con el Molino Cantenys. De allí volvían, de igual manera en “fila india”, sin siquiera hablarse entre ellos”.

“Los chicos les teníamos miedo”, me acotó don José Luna, otro de quienes obtuve datos. “En nuestras casas nos advertían que no pasáramos por esa quinta porque estaban locos. Algunos decían que el más chico tenía problemas psiquiátricos e influía sobre toda la familia. Los vecinos comentaban que él los manejaba a todos.”

Y agregó: “pasábamos por la quinta y los mirábamos con una mezcla de curiosidad y miedo. A veces veíamos a los hombres trabajando en silencio, mirando a la tierra. No nos animábamos a saludarlos y ellos jamás nos miraban. Estaban como aislados de todo.”

Dentro de una de las habitaciones, cercana a la cocina, construyeron un pozo para extraer agua con una bomba. Al respecto la señora Nilda Ranieri de Arbasetti me contó que, según comentarios que ella escuchó siendo pequeña, en una ocasión, turnándose los tres hermanos, estuvieron siete días con sus siete noches, extrayendo agua para “sacar” un supuesto conjuro que, según ellos, les habían hecho.

Alguien recordaba que el caballo, desde lejos, parecía estar colgado de un árbol. Sin embargo, nuestro convecino Domingo Diego “Calé” Hernández, me informó que su abuelo, Gregorio Hernández, trabajó algún tiempo como peón de la quinta, cumpliendo tareas “de sol a sol”, recibiendo una paga de un peso por día. El tema del caballo era así: el animal permanecía en un pequeño corral bajo una hermosa planta; el paso del tiempo hizo que se acumulara estiércol hasta “levantar” el terreno. El animal, parado en esa “loma” y visto desde el camino, daba la imagen que se comentaba. “Calé” también me confirmó que el pozo para extraer agua, estaba ubicado en el interior de la casa, tal como lo cito antes. Su abuelo también le comentó que las horas del día las dedicaban a pequeños quehaceres y a cultivar la tierra. A Luis y a Ángel, se los veía frecuentemente entretenidos en la lectura de libros.

Fallece don Aniceto

Un tremendo golpe para la familia ocurrió ni bien iniciaba el año 1939.

El tres de enero, víctima de una conmoción cerebral, y a sus 77 años, falleció don Aniceto. El doctor Maximiliano Puerta certificó su deceso. Ante la oficina del Registro Civil, actuaron como testigos, los vecinos Juan Pedro Duff y Miguel Alarcón, residentes en las cercanías.

En la edición de jueves 12 de enero, del periódico “Chispa”, apareció la nota necrológica que señalaba: “El día 3 del corriente, a la avanzada edad de 77 años, dejó de existir en nuestra ciudad, el sr. Aniceto Pildain. Sus restos fueron inhumados en la necrópolis local el mismo día. La familia de extinto agradece por medio de estas líneas a todas las personas que en una u otra forma la acompañaron en sus horas de intenso dolor”

Y sí, aún en el marco de la poca relación con sus vecinos, muchos de ellos, al conocer la noticia se acercaron al velatorio y acompañaron sus restos hasta su última morada.

Prosigue la historia

La desaparición de don Aniceto fue un golpe terrible para la familia. Luis tomó el mando y, en el marco de su habitual retracción, la vida continuó, con las actividades cotidianas. Desde entonces, fue Angel el que, por decisión de Luis, encabezaba el grupo familiar cuando se dirigían a Rojas para efectuar las compras de la familia. Sin embargo, a veces iba solo, y en el trayecto no se detenía con nadie. Era muy parco, “adquiría tal o cual cosa y se retiraba enseguida” me acotaron.

Encontré un aviso publicado en el periódico “Chispa” del jueves 27 de marzo de 1941, que decía: “se anuncia el extravío de un novillo negro tapado, aspado de aspas levantadas y de unos 540 kilos de peso, propiedad de Luis Pildain. Solicitan información en su domicilio.”

El 7 de febrero de 1942, concretan al fin la escrituración de la propiedad. Queda a partir de entonces registrada a nombre de Luis Pildain.

Tal vez por cuestiones económicas, recibían a veces citaciones que eran tramitadas por la Policía, pero, cada vez que los agentes iban, ellos se atrincheraban, los amenazaban y, a veces, efectuaban disparos al aire, con revólveres. Para los uniformados era muy difícil hacerles comprender que debían recibir esas citaciones. Sin embargo, la paciente insistencia lograba que finalmente recibieran las documentaciones.

Comienza el drama final

Por junio de 1945, decidieron “romper relaciones con el mundo”. Izaron una bandera roja sobre la vivienda y munidos de pistolas, revólveres, escopetas, escudos y gran cantidad de balas, produjeron varios ataques a ocasionales pasantes.

El miércoles 25 de julio, dispararon algunos balazos contra un automóvil “Chevrolet” modelo 1940, en el que viajaba Mahmud Jadur, comerciante, domiciliado en Solís 396 esquina Eva Perón, de Rojas, dedicado a la compra y venta de hierros y metales. Mahmud iba acompañado por su esposa Antonia Manuel y sus hijas Alicia y Yolanda; ante el ataque quedó sobresaltado y no supo en principio verdaderamente a qué atinar. Según lo relató poco después en la comisaría, estuvo unos minutos en el lugar, aterrado; al calmarse un poco, aceleró a fondo su vehículo y se dirigió directamente a efectuar la denuncia. De acuerdo a nota policial, frente al primer oficial que lo atendió, solo pudo decir que lo habían baleado, sin poder precisar el lugar ni otros detalles. Tras ser calmado por varios agentes, ingresó al despacho del comisario Aníbal H. Massey, donde ahí sí, pudo ampliar su declaración. Dijo que, al pasar frente a la casa de los Pildain, recibió una cerrada carga de balazos que, si bien hicieron blanco contra su coche, ninguno alcanzó a sus ocupantes.

La policía, obviamente estaba enterada de las actitudes de los hermanos. Sin embargo, en esta ocasión el comisario adoptó una serie de medidas de prevención. En primer lugar, interrogó a varios vecinos, llegando a la conclusión de que, efectivamente “los Pildain eran anormales”. Decidió detenerlos, pero fue puesto sobre aviso que los “locos” tenían consigo todo un arsenal incluyendo armas largas que, al parecer, estaban dispuestos a emplear en cualquier momento. Entonces Massey decidió esperar algunos días, dejando una guardia de vigilancia en las inmediaciones, intentando así que los muchachos “dieran la cara” y se presentaran ante las autoridades policiales.

Varios días se sucedieron sin novedades. Desde su lugar, los guardias que los invitaban al diálogo no observaron movimiento alguno en la vivienda. De recuerdos familiares hemos rescatado los nombres de Raúl Fauda y de Máximo Méndez, como integrantes del grupo que se alternaban en la vigilia.

Tras un lapso prudencial, una nueva guardia policial se hizo presente en el domicilio. Esta vez fueron recibidos con varios disparos efectuados desde el interior de la casa. Frente a esa situación y para evitar derramamientos de sangre, la comisaría local solicitó ayuda a una compañía de La Plata, que usaba gases lacrimógenos. Procuraba con ello que salieran a dialogar, sin tener necesidad del uso de armas de fuego.

La respuesta es positiva y el viernes 3 de agosto llegan a Rojas, enviados por la Jefatura de Policía, oficiales adiestrados en el tema. Se dispuso entonces llevar adelante el procedimiento al día siguiente, gestionando y obteniendo de manera inmediata el correspondiente permiso de allanamiento.

Como tenían noticias de que los Pildain acostumbraban a levantarse pasadas las 8, se decidió iniciar las actividades a las 7, ya que se los sorprendería a cada uno en su lecho.

El sábado 4 a la hora convenida y al mando del comisario Massey, los efectivos se hicieron presentes en el lugar. Tanto el personal de Rojas como los llegados de La Plata, tomaron ubicación estratégicamente. Reinaba un absoluto silencio. Se interrumpió cuando fueron arrojadas varias bombas, una tras otra. Luego, el propio comisario, utilizando un altavoz, los conminó a salir. Insistió en varias oportunidades. Solo el silencio ofició de respuesta.

Entonces dio la orden de ingresar a la vivienda. Las fuerzas policiales forzaron la puerta y accedieron.

El cuadro que encontraron no podía ser más horrible. Sobre las tres camas que había en la primera habitación, yacían los cadáveres de tres de los protagonistas del drama. Entrando, a la derecha, estaba el cuerpo sin vida de Ángel, el hermano mayor. A la izquierda, aún con la pistola homicida entre sus manos, el de Justo, el menor. Frente a él yacía su madre “una anciana de cabello cano, menuda”, según el informe policial. En la otra habitación, sobre su cama, yacía Luis.

“Todos presentaban heridas en la cabeza y el matador de los tres debe haber sido Justo, que yacía en la cama con la pistola”, sigue agregando el informe. “Por el estado de los cadáveres se presume que el macabro fin de los Pildain debe haberse realizado en horas de la tarde de ayer”.

Frente a la puerta, un cartel escrito con tiza blanca, sobre rústica madera, pone en evidencia el deliberado propósito que tenían los Pildain, de terminar sus vidas en forma dramática. El cartel decía textualmente: “Dejen de echar gases benenosos si no el dolor será grande.”

“Quedará en el misterio si el dolor que presagiaba el cartel se refería al que pudiera surgir del propósito de resistir que tenían los vascos, o a la firme decisión de terminar con sus vidas”. Así lo señaló un cronista de entonces.

La noticia circuló rápidamente y ya a media mañana, cientos de vecinos se fueron agolpando en las inmediaciones. Llegaban caminando, a caballo, en carros, sulkys y charrés, los menos en autos. Se formó sobre el camino que hoy es la ruta 45, una larga fila de vehículos que llegó hasta la que hoy es esquina de ruta 45 y calle Sarmiento.

En la multitud los comentarios fueron de lo más variados. Ante la información que brindaban las autoridades policiales, surgía otra que difería de la que aquí reflejamos y que ponía en tela de juicio el accionar de los uniformados.

Volviendo al espantoso cuadro que encontraron las fuerzas policiales, puedo señalar que tomó intervención el Juez del Crimen de San Nicolás, dr. Dámaso Insaurralde, junto a su secretario, el dr. Rojas Daneri, quien después de adoptar algunas medidas, aprobó el procedimiento policial, entregándole los autos al Comisario, “para su protección”.

Según la investigación, las muertes se produjeron el viernes 3 de agosto, alrededor de las 19 horas y fueron provocadas tras un “pacto suicida”, por el menor, que ultimó primero a su madre, luego a sus hermanos y finalmente se suicidó. Utilizó una pistola marca “Stard” cuyos datos específicos figuran más adelante, dice el informe. Todos los hermanos vestían ropas de trabajo. Las ropas de cama estaban alineadas y en la inspección practicada por la policía no se observaron signos de lucha o violencia entre ellos, deduciéndose que los cuatro estaban de acuerdo con la decisión tomada.

Intervino el médico dr. Juan Cayetano Laporta y participaron como testigos, Homelio Linera, quien vivía muy cerca de lugar e Ignacio José López, domiciliado en Dardo Rocha y General Paz.

Doña Benita tenía 77 años y sus hijos Ángel, 50; Luis, 44 y Justo, 40.

Quienes me han brindado información, recuerdan que si bien, como cito antes, muchísima gente se agolpó en las inmediaciones, al único vecino a quien la policía le permitió el ingreso, fue a don Marcelino Cordone. Luego eligieron a los testigos que antes menciono.

El hecho dio para múltiples conjeturas y comentarios. La versión oficial del accionar de las autoridades es la que aquí cito.

Según información aparecida en el diario “La Voz de Rojas”, en su edición del lunes 6 de agosto, de acuerdo a informaciones bancarias, los Pildain tenían depositados unos 5.000 pesos. En los días previos habían retirado algún monto. La nota agrega “se investigará si esa cantidad se aproxima a la que se encontró en la casa”.

La policía local prosiguió con las investigaciones, realizando una nueva revisión de la vivienda, hallando en el cajón de un mueble, una carta fechada el 3 de agosto que decía textualmente:

“Señores Biendo el excelente ayuda que nos anecho le damos gracias, puesto que somos los únicos los 4 de familia que los estorvamos en esta parte del mundo, estorvan los bien echores, haora bivireis Bien todos. Agosto 3 de 1945”.

El perito balístico Comisario Nicolás Pizzuto, efectuó el examen de las armas de los Pildain y de los proyectiles utilizados, estableciendo que “en el hecho fue usada una pistola calibre 38, fabricada en la casa Bonifacio Echeverría, de Eibar, España. Esta pistola es de tiro simple y a su vez, tiene un dispositivo que se transforma al sistema ametralladora, es decir, tiro a ráfaga. Los cargadores que tenían los vascos son los mayores que se fabrican, o sea de 15 y 32 tiros. El estado del arma asegura que se han efectuado varios disparos”.

Entre tantas versiones y comentarios del momento, algunos decían que practicaban temas de espiritismo, que por esos años no era bien considerado. También comentaban que tenían libros de magia negra o similares. Sin embargo, nada de eso se encontró en las requisas. Solamente ubicaron algunas obras españolas, periódicos y almanaques relacionados con la agricultura.

Finalmente, los restos de doña Benita y sus hijos fueron velados en Casa Hegoburu e inhumados el lunes 6 de agosto, a las 17 hs., en el cementerio local, junto a los de don Aniceto.

Mis informantes, niños de entonces, no recordaron haber tenido noticias acerca de qué pasó con el dinero, los muebles, las herramientas, los animales. La propiedad, tal vez heredada por sus familiares de Pergamino, fue vendida y luego escriturada el 25 de junio de 1947, a favor de don Juan Bolzoni, a la sazón conocido carpintero de Rojas. En la actualidad pertenece al convecino Héctor “Tito” Rubió.

Por esos años las familias vecinas eran Malmoria, Luna, Piazzale, Forteis, Barzaghi, Alarcón, Cordone, García, Mayoral, Duff, Linera, ….

He podido armar esta historia con la ayuda de José Luna, Blanca Forteis, Alicia Jadur, Yolanda Jadur y Jorge Amadeo Cantenys, como testigos presenciales y de Domingo Diego “Calé” Hernández, Nilda Ranieri de Arbasetti, Sara El Kafú, e integrantes de las familias Mayoral y Linera, como informantes referenciales. A todo ellos ¡Gracias!

Llegue también mi gratitud a la encargada del cementerio municipal, Sandra Giovagnoli; a la titular de Catastro municipal, arq. Virginia Cataldo; al sr. Héctor “Tito” Rubió, a los hermanos Luis Darío y Adrián Minadeo, responsables del archivo del diario La Voz de Rojas y a Carlos A. Zambuto, responsable del archivo del semanario Chispa.

Gracias a todos ellos he rescatado un episodio que conmovió a Rojas en 1945 y que tuvo trascendencia nacional, ya que toda la prensa de entonces se hizo eco de tamaña tragedia. Como lo cito al comienzo, en Pergamino se imprimió una publicación, tipo revista, con el título de “Sensacional Drama en Rojas”. Un original me fue facilitado por la señora María Margarita Méndez, cuyo padre actuó, como lo cito en la crónica, integrando las fuerzas policiales que intervinieron en el hecho.

Aún en nuestros días, suena el dicho popular “más loco que los Pildain”, que quedará en nuestra historia pueblerina como algo totalmente local.

Fue, como lo señala el título, una historia iniciada en la ilusión de un aún joven matrimonio que junto a sus hijos emigró de su tierra vascuence en búsqueda de una América que se presentaba promisoria y atractiva. Continuó con esa mezcla “peligrosa” de fracaso económico y de imposibilidad de insertarse en la nueva sociedad. Concluyó en tragedia, pero tiene su lugar en el historial de esta tierra a la que entregaron sus vidas.

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