Reflexiones y debates acerca del lenguaje inclusivo, por Fernanda Felice

OPINIÓN

A través de su cuenta de Facebook, la Licenciada en Fonoaudiología y escritora Fernanda Felice compartió las siguientes reflexiones y debates acerca del uso de lenguaje inclusivo en la sociedad:

Es de público conocimiento que algunas personas se molestan con el uso del lenguaje inclusivo y entonces argumentan que, cambiando una letra, no se incluirá a nadie. Además, explican que sería más apropiado aprender la lengua de señas o el sistema braille.

Desde luego, es imprescindible reconocer que existen otros modos de comunicación y que todas las personas tienen derecho a expresarse. Pero resulta extraño entender por qué se apela a esos argumentos para repudiar el decir de los/as hablantes, que eligen usar el lenguaje inclusivo. Quizás se deba a que no consiguen comprender que los usos de la lengua nunca son ingenuos; es por ello que sería bueno hacer algunas aclaraciones.

En primer lugar, el cambio de un sonido por otro sí genera modificaciones en los significados y sentidos. No es lo mismo decir «mano» por «malo». Basta una letra para remitirse a un referente completamente distinto. No es lo mismo escuchar la palabra «murciélago» que «murciégalo». Esta última nos remite a la infancia y la ternura que nos provoca el decir de quienes están apropiándose de su lengua materna. Tampoco es lo mismo «albóndiga» que «almóndiga». Esta última versión enuncia un decir singular, propio de ciertas comunidades y culturas. «Presidente» y «presidenta», así como «sirviente» y «sirvienta», expresan concepciones bien diferentes acerca del mundo. Posiblemente, porque aprendimos que “las mujeres nacieron para servir y los varones son capaces de dirigir”. Es decir, con apenas trocar un fonema por otro, es posible gestar todos esos cambios de sentido.

Vale mencionar que las expresiones citadas anteriormente fueron aceptadas por la Real Academia Española sin ningún tipo de cuestionamiento. No cuenta con la misma suerte el problemático “todes” que tantos dilemas causa.

Por otro lado, algunas personas expresan que el lenguaje inclusivo es “poco creativo”, porque no se asemeja a las creaciones lingüísticas propias del lunfardo o el lenguaje villero. Sucede que el modo de construir esas rebeldías es diferente. El lenguaje inclusivo no se propone crear nuevas palabras. Por el contrario, atenta contra la gramaticalidad de la lengua y deja en evidencia el sexismo implícito en el histórico uso del género masculino para referirse a la colectividad humana.

Ahora bien, lo que es cierto es que la mayoría de los/as hablantes se escuda en la Academia para expresar su malestar respecto del uso del lenguaje inclusivo, y eso es absolutamente comprensible. Porque no es ninguna novedad que la Real Academia Española se ocupa de establecer “los usos correctos de la lengua”. Es más, sus representantes aseguran que su actividad esencial es “cuidar la lengua.”

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Sin embargo, el escritor Octavio Paz sostiene que “el lenguaje humano es imprevisible y no está fijado de antemano. Es una diaria invención, el resultado de una continua adaptación a las circunstancias y a los cambios de aquellos/as que, al usarlo, lo inventan.”

Ante lo imprevisible y lo inesperado, quienes pretenden conservar su poder, procuran vigilar, controlar y castigar. Porque saben que los usos del lenguaje nunca son azarosos. Las palabras que los/as hablantes eligen siempre expresan su mirada acerca del mundo.

Por su parte, Foucault asegura que “donde hay poder hay resistencia”. Por esta razón, los regímenes de normatividad nunca son suficientes para determinar los modos de decir. Porque, a pesar de sancionar a esos discursos disidentes con el estigma de la ignorancia, la mala educación, la falta de cultura o la “barbarie”, no consiguen detener la rebeldía y la desobediencia de la cual gozan todos los/as hablantes, que se atreven a quebrantar algunas reglas.

Tal como lo expresara María Teresa Andruetto, “en la lengua se libran batallas, se disputan sentidos, se consolida lo ganado y los nuevos modos de nombrar –estos que aparecen con tanta virulencia– vuelven visibles los patrones de comportamiento social. Palabras o expresiones que llegan para decir algo nuevo o para decir de otro modo algo viejo, porque el lenguaje no es neutro, refleja la sociedad de la que formamos parte y se defiende marcando, haciendo evidente que los valores de unos (rasgos de clase o geográficos o de género o de edad) no son los valores de todos.”

Es por ello que es necesario respetar la singularidad y las diferencias que acontecen en todos los actos de habla. Porque si bien la lengua es un sistema de comunicación –que establece determinadas convenciones y reglas– permite, fundamentalmente, exponer la subjetividad y el pensamiento de sus hablantes.

Todas las comunidades se encuentran atravesadas por su historia, su cultura y las transformaciones, que cada época imprime en su devenir y el de los sujetos que las integran. Las prácticas lingüísticas y discursivas nunca son ajenas a estas circunstancias. Por el contrario, la lengua se encuentra disponible para que los/as hablantes consigan poner en palabras su biografía personal y social, su cultura, su origen, su territorio y los nuevos horizontes que pretenden conquistar.

El lenguaje inclusivo no es simplemente un cambio de letra. Implica nombrar y dar entidad a los sujetos, que han sido silenciados históricamente en el universo simbólico del discurso. Es una expresión de rebeldía ante el histórico sometimiento del patriarcado y es un acto desobediente, que pretender burlarse de la soberbia de quienes se arrogan el saber del «buen decir».

Que los discursos desobedientes se expresen, porque las revoluciones sólo les pertenecen a quienes se atreven a ser rebeldes, y porque las lenguas les pertenecen siempre a sus hablantes.

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